El ejercicio de no hacer nada: una práctica para calmar la mente


Vivimos en una época en la que no hacer nada parece un pecado. Sin embargo, detenerse puede convertirse en un ejercicio profundamente transformador.


Cuando no sabemos qué hacer

A todos nos ha pasado en algún momento de la vida que alguien nos ha soltado una frase corta y contundente que nos ha hecho mucho sentido y que solemos recordar con alguna frecuencia. Una de esas frases me la dijo una amiga hace años: cuando usted no sepa qué hacer no haga nada. Esa idea me ha traido alivio y calma más de una vez. Cuando uno no sabe qué hacer se desespera. Darse el permiso de no hacer nada termina tranquilizandonos. Como efecto de esa calma pensamos mejor; aparecen posibilidades que en el momento de la desesperación no aparecen. 

La incomodidad de no hacer nada

En mi práctica clínica he escuchado decir a muchas personas que son incapaces de quedarse quietas. Están, por ejemplo, un fin de semana viendo la televisión con su pareja pero no están en paz; piensan que deberían estar trabajando o arreglando la casa pero ¡por Dios! haciendo algo productivo. Al “no hacer nada” se sienten culpables, tensas, hasta angustiadas. Yo mismo, y creo que todos en algún grado hemos experimentado o experimentamos esa incomodidad, ese malestar de “no estar haciendo nada”. 


La experiencia de detenerse

Hace unos días se me ocurrió la paradójica experiencia de no hacer nada. Me había propuesto otras tareas después de hacer una compra en un centro comercial de las afueras de la ciudad, pero ya eran más de las 5 pm y estaba un poco cansado; me debatía entre hacer las vueltas pendientes o ir a casa a descansar. Como quien dice, no sabía qué hacer. Me sentía tenso, incómodo, desasosegado. Ahí fue que se ocurrió hacer el “ejercicio” de no hacer nada, ejercicio que suena, como dije, paradójico, pero que si bien se mira es un ejercicio que requiere esfuerzo: el esfuerzo de resistirse a la inercia (tendencia de los cuerpos a mantener su estado de reposo o movimiento) de estar haciendo siempre algo, el esfuerzo de resistirse al hábito de estimularse o sobre estimularse con pantallas. 


Me senté en una sala del centro comercial, una sala amplia con sofás y sillones cómodos y ajusté treinta minutos en el cronómetro regresivo del celular. 


Qué ocurre cuando bajamos la velocidad

Mi estatura y cierto grado de escoliosis a veces me dificultan un poco acomodarme (una pequeña fase del ejercicio, innecesaria para quien no tenga condiciones físicas que le impidan acomodarse inmediatamente) pero con el correr de los minutos me fui acomodando. Mi atención, como si estuviera haciendo “zapping” o “canaleando”, o, para hacer una comparación más actual, “scroleando”, se dirigía por períodos cortos a distintos estímulos: visuales, sonoros, pero principalmente a mis pensamientos (o a las cosas que se piensan en mí); pensamientos breves y a veces repetitivos. A ratos, mientras me tiraba un manojito de pelos de la incipiente barba, la atención iba de una cosa a otra con relativa velocidad y con cierto grado de tensión. 


Pensé en un pez al que sacan del agua y que en busca de su medio habitual chapotea nervioso. Eso nos pasa cuando nos sometemos a una quietud a la que no estamos acostumbrados: chapaleamos nerviosos hasta que pasados unos minutos nos vamos adaptando, nos vamos calmando; nuestra velocidad interna empieza a disminuir y empezamos a enfocamos de manera más sostenida en algún estímulo. 


En algún momento del no hacer nada la atención se ve atraída por estímulos naturales (cuando no, a representaciones de esos estímulos: cuadros, imágenes), en mi caso en ese entonces, mi atención se fijó en unos árboles altísimos que hay al frente del centro comercial. Estímulos que antes resultaban indiferentes, imperceptibles, empiezan a hacerse presentes, a ser percibidos con placer; cesan la sobreestimulación, la inercia, la velocidad, el imperativo de productividad.


En esos treinta minutos mi respiración se hizo más perceptible y presente. 


Observé a un señor de overol y botas de caucho salpicadas de pantano, que atravesado en el sillón, abrevaba ininterrumpidamente del celular. 


Observé a otros que trabajan apantallados en el coworking aledaño a la sala de espera. 


Recordé situaciones y experiencias pasadas que volví a evaluar a la distancia y sentí que podía verlas mejor. Saqué conclusiones. Hice cierres. 


Me sentí contento y tranquilo. 


Constaté una vez más lo que todos sabemos: la importancia de estar presentes en el aquí y en el ahora. 


Vi desaparecer la angustia de la carrera y el afán.


Observé cómo asuntos que suelen preocuparme y a los que respondo o tengo el impulso de responder de manera automática se mostraban en su realidad de construcción mental, relativa y subjetiva, no como verdades talladas en mármol.   


Una invitación al ejercicio de no hacere nada (nading)  


Se me ocurrió hacer una campaña: El ejercicio de no hacer nada por veinte o treinta minutos y observar lo que sucede: cambios en la respiración, emergencia de algún tipo de disfrute, la diferencia en la forma de pensar tanto en el contenido como en la velocidad, cambios de tensión, las diferencias en lo percibido, el sentir sobre nosotros mismos y los demás. 


No estaría mal que se pusieran de moda, como en el gimnasio, sesiones, repeticiones, series de no hacer nada, ¿qué tal una seriecita de cuatro o cinco veces a la semana de no hacer nada durante veinte o treinta minutos?. Un no hacer nada, pero claro, bien hecho, celular al diablo, impulsos de trabajar, resolver y arreglar pospuestos por veinte o treinta minutos; nos merecemos eso. 


Qué tal, ahora que le ponemos nombres en inglés a las actividades para hacerlas más deseables, poner de moda y hacer un hábito del nading; volver a esos ratos de nada sin deprimirse, sin angustiarse, unos ratos de nading (en los que aprovechamos para hacer breathing); nading para bajar la velocidad, para observarnos, para observar y retomar el camino con menos reactividad, con menos afán, sintiendo que vamos a nuestro ritmo y no arreados por un látigo que muchas veces está dentro de nosotros mismos.   


Y nada. Que quedamos ahí hasta la próxima. 


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