Lentitud
"Lo que se ha destilado poco a poco,
no quieras tú bebértelo de un trago.
Bebedor o lector o caminante:
despacio, despacio, despacio."
Ezequiel Martínez Estrada
Normalmente como muy rápido. Trincho el nuevo bocado cuando no he terminado de masticar ni de tragar el anterior. Sostengo, como al acecho, los cubiertos en las manos (¡no hay tiempo que perder!); si es que estoy acompañado converso poco. Al final, aunque haya comido suficiente, no logro sentirme del todo satisfecho, quiero más.
Pero a veces hago el ejercicio de comer despacio. Por ejemplo, para contener el impulso de trinchar mientras mastico, suelto el tenedor y el cuchillo y los dejo sobre el plato. Luego, -ahí mi cuerpo inhala profundamente como cuando se bosteza o se suspira- pongo las palmas de las manos sobre la mesa. La inhalación me produce un sentimiento de alivio que me ayuda a bajar la velocidad. Sigo masticando. Cuando termino, trago; solo entonces levanto las manos de la mesa, vuelvo a tomar el tenedor y el cuchillo, ensarto un nuevo bocado que llevo a la boca y repito el ciclo. Cada ciclo viene con inhalaciones menos profundas, más regulares y más tranquilas. Dejo, pues, el afán. Disfruto. Reconozco los sabores, los olores. Si estoy acompañado, converso.
También he tenido la tendencia, desde los nefastos concursos escolares de lectura, a leer rápido. Como tenía la facilidad de hacerlo empecé a priorizar la velocidad y la cantidad sobre la calidad.
Hace poco se me ocurrió trasladar la experiencia de la comida lenta a la de la lectura. Tomé un libro, leí una frase y cerré el libro. Puse las palmas de las manos sobre las piernas. Creo que el acto de poner las manos sobre una superficie marca la actitud de no tratar de no hacer algo nuevo hasta que no se ha terminado algo. Evoqué mentalmente la frase recién leída y mi reacción fue la misma que al comer despacio: profundas inspiraciones en busca de aire. A medida que seguía haciendo el ejercicio me empecé a sentir y me vi leyendo, como cuando estaba aprendiendo, palabra por palabra, con el placer del niño que se asombra de saber leer, que disfruta hacerse en la cabeza los sonidos, las imágenes y los significados, que disfruta de mover los labios como contando un secreto.

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